Vas a comer a la costa un domingo y, sin querer, acabas en el mismo sitio de siempre: carta plastificada, mesa pegada a la de al lado, café y a correr. Esto es lo contrario. Aquí la sobremesa se estira, la conversación se alarga y nadie te trae la cuenta antes de que la pidas.
Salas de piedra original de 1283, una terraza abierta al verde y una cocina que trabaja con lo que trae el calendario: producto de proximidad y, en buena parte, de la huerta de detrás de la masía.
Nuestra carta vive entre dos aguas: la cocina catalana de siempre y lo que cada mañana trae el mercado. Las cazuelitas de temporada son la firma de la casa — alcachofas en primavera, setas en otoño e invierno.
El de la comida de un martes y la pareja que reserva la boda de noventa cruzan la misma puerta y reciben el mismo trato: el de una casa de pueblo que se alegra de verte. Con calma, y con memoria de lo que te gustó la última vez.
¿Intolerancias, alergias? Dilo al llegar. Adaptamos los platos siempre que la cocina lo permita.
Para ti la sobremesa es un derecho, no una prisa.
Prefieres preguntar qué hay de temporada antes que pedir, otra vez, lo de siempre.
Un arroz que tarda 25 minutos te parece justo lo que debe tardar un buen arroz.
Te gusta comer en un sitio donde, cualquier sábado, alguien se está casando en el jardín.